Todos aquellos que no hemos tenido una preparación docente, en un principio de nuestra actividad como maestros estamos tan expuestos a cometer un sin fin de errores sobre nuestros alumnos. Sin embargo también creo que es nuestro espíritu de servicio quien nos ha impulsado a sortear todos los obstáculos que se nos presentaron en nuestro andar.
Mis inicios fueron de gran incertidumbre, temor, angustia y me fue tan difícil pedir ayuda a mis compañeros docentes para no perder la imagen de "buen profesor" que aún no me ganaba, pues ni siquiera había empezado. Sin embargo me apoyé bastante en una prima de formación docente que tenía algunos años ya de experiencia en nivel primaria y en bachillerato.
Dentro de mis principales miedos estaba el no poder contener la clase y que de alguna manera los alumnos hicieran de mí el patiño, cosa que nunca sucedió. Mis ilusiones siempre estuvieron fincadas en la esperanza de que el alumno aprendiera y por supuesto que se diera cuenta de ello y supiera sacarle el mejor provecho.
El primer día iba yo nerviosa, enfrentarse a 50 alumnos hacía que las piernas me temblaran y que en mi estomago se sintiera cada sobresalto. A esto le tuve que sumar la presencia de un observador. La maestra Jefe de la Oficina de Servicios Docentes había mandado junto con migo al salón a otra maestra encargada de la Oficina de Tronco Común para que escuchara y observara mi clase y tomara nota de lo acontecido en ella. Yo sentía que el mundo se me venía encima. Pero fue justamente esta maestra quien infundió confianza en mí porque teminada la clase, ya en la oficina, tuve oportunidad de leer su reporte en donde los comentarios que hacía (claro, desde su óptica) no eran tan malos. Me dije entonces, creo que lo puedo lograr.
Los muchachos no mostraron desagrado a mi clase ni a mi persona, excepto porque se trataba de Química, materia que no les interesaba sobremanera, pero que estaban conscientes de que la debían cursar y además aprobar.
Empecé entonces con muchas limitantes, prevalecían en mí muchas interrogantes: preparar la clase, medir tiempos, llevar ejercicios suficientes, cuántos reactivos debe llevar el examen, con qué grado de dificultad se pregunta, cuántas evaluaciones debo aplicar, etc. que se fueron corrigiendo parcialmente, y digo parcialmente porque ¿las habré corregido ya? La experiencia propia es una gran consejera, la experiencia de los demás también, los cursos de actualización, algunos tomados de forma voluntaria, otros obligados, muchos aplicables, otros no tanto también ayudan.
Tengo la firme convicción de que en esta noble profesión me voy a jubilar y espero que para entonces yo todavía sienta amor y preocupación por superarme.
domingo, 9 de mayo de 2010
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